El poder del sexo

  • Cuando el acto sexual se convierte en una herramienta para conseguir beneficios de la pareja, se habla de manipulación sexual, una clara evidencia de la falta de comunicación en la relación.

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    El sexo, como bien saben, puede ser un momento de unión e intimidad en la pareja, así como también es recreativo, creativo, desestresante, aeróbico y reproductivo. Pero el acto sexual también es utilizado por algunos como una herramienta de poder, control, manipulación e incluso castigo. Es que muchas veces, lo que no se consigue expresar en palabras se funde entre las sábanas. Igualmente, la cama puede ser el lugar en donde el peso del poder de una relación se invierte, cuando uno asciende y el otro cae en las redes de la lujuria.

    Estas situaciones tienen una denominación común: manipulación sexual. Esta se da a nivel consciente e inconsciente; es decir, directa e indirectamente, respectivamente. El cumplimiento de deseos a través de favores sexuales no siempre es explícito. Inclusive, quienes recurren a estas tácticas a veces no son conscientes de ello.

    Situaciones propicias                       

    «En las relaciones de pareja, cuando uno de los miembros es quien decide cómo usar el dinero, maneja el presupuesto o toma las decisiones sin tener en cuenta la opinión del otro, la manipulación sexual se convierte en un estilo de relacionamiento. En especial en una relación en la que está instalado el modelo de dominio-sometimiento. Entonces, el sexo es una de las conductas de poder en la pareja, junto con el dinero o la comunicación, obedeciendo a un modelo jerárquico autoritario», explica María de Jesús Aranda, psicóloga.

    La manipulación busca controlar o manejar a las personas contra su voluntad. Por ello se da en relaciones de marcada desigualdad jerárquica, en la que uno tiene mucho poder y el otro poco o ninguno.

    Si bien la manipulación sexual tiene que ver más con el tipo de relación, también influyen factores individuales de la personalidad, como la inseguridad, o cuando se trata de sujetos educados en ambientes en los que la manipulación siempre fue una norma para conseguir sus fines.

    Ahora bien, cuando se trata de saber cuál de los sexos se vale de esta arma, la balanza se inclina hacia un lado. «El sexo es un poder que es mayoritariamente utilizado por las mujeres, porque vivimos en una organización patriarcal y autoritaria, en la cual culturalmente a la mujer se le asigna lo privado o lo doméstico como su ámbito de dominio. Entonces, si ella tiene que manipular para sopesar el sometimiento, lo hace en su ámbito legitimado, expresándolo más o menos así: ‘Con esto te hago saber mi malestar, me distancio y te privo del placer sexual'», sostiene María de Jesús.

    ¿Quién castiga a quién?

    «Si una mujer cree que castiga al hombre al no tener relaciones sexuales con él, lo que ella olvida es que también se castiga a sí misma, porque se supone que ella también goza del sexo. En teoría, ese encuentro íntimo está en poder compartir un espacio agradable, placentero y de amor con un ser querido en una relación sexual. Pero con la manipulación, el acto sexual se convierte en una especie de transacción comercial, lo que demuestra que el vínculo tiene muchas grietas», añade la sexóloga Maura Villasanti.

    En las relaciones de pareja se hacen constantemente pactos o acuerdos, los que pueden ser implícitos o explícitos, según Villasanti. En determinadas relaciones, tener sexo implica obtener beneficios como bienestar económico o como una forma de evitar conflictos en otros aspectos de su vida. Esto no solo se da en parejas que conviven, sino «también en divorciados, quienes siguen manteniendo una transacción sexual para evitar conflictos», dice la sexóloga.

    Por el lado del manipulado, «cuando una persona dice que su pareja la manipula, que la hace ceder, en realidad ella misma se coloca en una situación pasiva. Estamos hablando de una relación de adultos, y por tanto, ambos tienen el mismo poder de decisión. En mi opinión, lo que indica es que la persona manipulada no desea hacerse cargo de su responsabilidad en la situación, que quizás en el fondo quiere esa situación o inclusive la goza. Tal vez pretende salir de esa transacción comercial pero no sabe cómo».

    La dinámica de pareja, entonces, se convierte en una relación parásita en la cual el hombre, por ejemplo, pide prácticas sexuales a cambio de dinero, mientras que la mujer se niega a tener sexo si no obtiene dinero.

    ¿Y cómo es que nace esa situación?: «Con la falta de comunicación o relacionamiento –asegura María de Jesús–, cuando el diálogo no es posible para solucionar los conflictos subyacentes. Una pareja sana que conversa no utiliza estos medios para resolver sus problemas».

    La vida en pareja, como dice Villasanti, requiere de constantes renuncias, inversiones, acuerdos y desacuerdos. Lo cierto es que convivir con las diferencias es difícil y, en la práctica, aceptar esto es todo un desafío.

    El sexo debería ser un encuentro especial, y no una transacción para obtener beneficios. Mientras la comunicación sea nula, este tipo de relaciones seguirán vigentes.

    Texto: Natalia Ferreira Barbosa

    Foto: Fernando Franceschelli.

    Revista Vida

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