Vestir las historias

  • Este año ganó el premio a Mejor vestuario en el Madrid International Film Festival por la película. Luna de cigarras, y en la recién estrenada Mangoré vistió a más de 1.300 personas. Tania Simbrón es una apasionada del cine y desde hace más de 10 años se dedica a hacer lo que le gusta de manera profesional.

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    POR JAZMÍN GÓMEZ FLEITAS

    FOTOS DE JAVIER VALDEZ

    ESTILISMO DE AMALIA RIVAS BIGORDÁ

    PRODUCCIÓN DE BEBU DUJAK

    Cuando era niña, Tania Simbrón (31) no tenía idea de que existía un profesional encargado de “la ropa de las películas”. Solo varios años después, cuando una serie de situaciones la empujaron hacia ese camino, descubrió su amor por el vestuario de cine.

    Para llegar a este punto, muchas cosas sucedieron. Cuando tenía solo 4 años, una crisis financiera separó a su familia. Su madre debió viajar a los Estados Unidos, mientras que su padre y su abuelo se quedaron en Asunción, donde vivía la familia. Ella y dos de sus hermanos se trasladaron a San Juan Bautista (Misiones), y sus otros tres hermanos fueron a vivir con unos tíos.

    “La casa donde fuimos estaba abandonada, era como entrar a Jumanji. No teníamos televisión ni electricidad. Era empezar de cero”, recuerda Tania. Fue por ese entonces cuando aprendió a «peliculear» con sus hermanos, es decir a imaginar una película y vivir la historia en su mente.

    Su abuela tuvo mucho que ver en este juego, ya que era ella quien ponía música y contaba las historias que los nietos debían ambientar. Tania siempre ponía mucho énfasis en los colores y en la ropa de sus personajes.

    Cuando su madre regresó de los Estados Unidos, Tania tenía 11 años. Ya reunidas, ellas vivieron una temporada en Asunción y luego otra en Ciudad del Este, hasta que se volvieron a separar, pero sin perder el contacto gracias a internet.

    Tania permaneció en el este del país y fue ahí donde el cine la encontró. Fue mientras cursaba el tercer año de la carrera de Contabilidad, en que el equipo de producción de la película Miami Vice se comenzaba a instalar en la ciudad. Ella sabía hablar inglés (requisito para formar parte del equipo) porque su madre se había encargado de enseñarle, pero además sabía coser porque su abuela le había instruido en ello. Sin perder tiempo, se jugó y presentó su currículum a la producción de la película.

    No solo consiguió que la contratasen sino que después de vivir esa experiencia a pleno, decidió estudiar para dedicarse de manera profesional al rubro del vestuario de cine. Así fue que viajó a Buenos Aires y se graduó en la carrera de Diseño de Vestuario en la Universidad de Palermo.

    Más adelante, realizó cursos de especialización en la Tisch School of the Arts de Nueva York y en la Central Saint Martins de Londres, entre otras instituciones. Desde entonces, ya nunca paró de trabajar en ello. Es más, cuando se encontraba aún en la Universidad de Palermo ya trabajaba en el rubro para ganar experiencia, y muchas veces era solo por ello ya que no cobraba por su labor. Regresó al país dos años después de haber concluido su carrera, y en el mismo rubro del audiovisual conoció a su marido Osvaldo Ortiz, con quien tiene dos hijos: Gaby (3 años) y Gael (1 año y 5 meses).

    ¿Cuándo aprendiste a coser?

    A coser a máquina en el 2003 aproximadamente, pero coser a mano y a bordar, a los 7 años. Mi abuela me enseñó porque yo era muy acelerada, ella me decía que hacer una actividad que requiriera de tiempo me ayudaría a tener paciencia.

    Bordar me ponía muy nerviosa pero de verdad me ayudó, hasta ahora tengo mi primer bordadito. Y por eso siempre digo que mi abuela me ayudó bastante al darme la base para algo que desarrollaría más adelante. Me daba ropas para arreglar, bolsillos descosidos y esas cosas. Eran como tareas que debía cumplir, en ese momento ni me imaginaba que me iba a gustar tanto.

    ¿Confeccionaste ropa alguna vez?

    Cuando estudiaba en la facultad cosía ropa en mi sótano y vendía. Pero la vestimenta que hacía no era casual, era muy teatral y por eso casi nadie me compraba. La verdad es que lo hacía porque simplemente me gustaba hacer.

    ¿Cómo conseguiste trabajar en Miami Vice?

    Siempre me gustó trabajar con personas de afuera, y como mi mamá vivía en Estados Unidos constantemente me ofrecía para trabajos de traducción e intérprete. Cuando me enteré de que venían al país a rodar la película, busqué dónde podía presentarme para trabajar con ellos, porque a mí siempre me gustó el cine y aún más que eso, la ropa de las películas. Me moría por trabajar en esa área, pero aun si no me ponían a trabajar ahí, cualquier cosa iba hacer: servir agua, barrer el piso, lo que sea por estar en una película.

    Busqué todos los datos de los encargados en Paraguay para presentar mi currículum, que básicamente decía que sabía hablar inglés y coser. Me fui un día antes al lugar para saber cómo era, hice “la pasada”. Al día siguiente, regresé y vi que no había cartel ni nada, solo un guardia.

    Me acerqué y le mentí, le dije que venía de la Municipalidad de parte de un señor (le di un nombre) y que esa carpeta se tenía que entregar en el escritorio de Leticia Fleitas antes del mediodía, pero que yo no podía entrar porque me estaban apurando. Le dije que además llamarían a controlar si la carpeta estaba ahí y que si no estaba ahí, seguramente me iban a despedir a mí y a él también.

    Por lo visto me salió bien, yo estaba muy nerviosa porque le estaba mintiendo al señor y temblaba un poco, además me fui vestida como funcionaria pública. El señor por lo visto me creyó, porque dos o tres días después me llamaron de la producción y me dijeron: “Ah, sabés costura, ¿te gustaría estar en el departamento de vestuario?”. No lo podía creer, me arrodillé en el piso y empecé a llorar.

    ¿Qué significó esa experiencia?

    Miami Vice fue un antes y un después en mi vida, totalmente. Hizo un giro completo. Tenía 20 años, cumplí 21 en el proceso. Hasta ahora hablo con los que fueron mis jefes, nos hicimos amigos y siempre me están aconsejando. Desde ese momento hasta hoy, nunca más paré de trabajar en vestuario. Un trabajo tras otro, así se fueron abriendo puertas.

    ¿Cómo recibiste la noticia del premio por la película Luna de cigarras?

    Fue demasiado mágico, por decirlo de alguna forma. Recuerdo que cuando yo le dije a mi viejo que quería estudiar vestuario él me dijo que me iba a apoyar, pero que por favor no deje la carrera de Contabilidad a medias. “No vayas a dejar en bola esto como hiciste con Contabilidad, y más te vale que para los 30 traigas algún premio”, me dijo y se río. Y le dije que sí, que algún premio iba traer y que le iba llevar a una alfombra roja. Y en parte se cumplió, porque si bien mi papá ya no está y no fue a ninguna alfombra roja, la nominación fue cuando tuve 30 y a los 31 ganamos el premio.

    En la Argentina adquiriste mucha experiencia trabajando como asistente de vestuario en comerciales. ¿En qué área te gusta trabajar más: televisión, cine o teatro?

    Personalmente no me gustaría trabajar en televisión, prefiero toda la vida el cine. El teatro también me gusta mucho, pero el cine es lo que más amo. Sin embargo, como no se da todo el tiempo, cuando no hay películas trabajo en comerciales, y la mayoría de las veces el trabajo se trata de hacer styling.

    En cine, todo es más real. En un comercial todo es aspiracional, hasta las manchas tienen que ser cool. En el cine contás una historia, en un comercial vendés un producto; pero es en lo que trabajamos todos cuando no hay películas.

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    Tania Simbrón. Foto: Javier Valdez – Ella Revista

    ¿Qué implica trabajar en vestuario para cine?

    Deborah Nadoolman se llama una diseñadora de vestuario a quien considero una embanderada del rubro, porque fue presidenta del Sindicato de Diseñadores de Vestuario de Cine en los Estados Unidos por dos periodos consecutivos.

    Lo que ella quizo fue demostrar la importancia del diseño del vestuario en el séptimo arte. Escribió un montón de libros y fue actualizando la profesión a lo largo de los años. Al comienzo se llamaba solo “vestuario” porque consistía en conseguir la ropa y vestir a los personajes. Ella cambió la denominación a “diseño de vestuario” porque esto ocupa un tercio de lo que se está viendo en pantalla y ayuda a caracterizar al personaje, a que lo sientas real. Y ahora quiere cambiar el nombre a “dirección de vestuario”, ya que no es solamente el conjunto en sí, sino la estrategia logística: cómo hacer que eso que tenés en la cabeza se haga realidad durante un período de tiempo de 6 o 7 semanas, que es lo que generalmente dura un rodaje, o cómo hacer rotar las prendas cuando tenés bajo presupuesto.

    En Mangoré, por ejemplo, teníamos que vestir a muchísimas personas y, obviamente, no teníamos un presupuesto de Hollywood. Tuve que armar turnos de uso de las prendas para que no coincidieran en los horarios y días de rodaje. Es un laburo grande que va más allá del diseño y la materialización de las prendas.

    ¿Cuáles son tus proyectos?

    Ahora estamos queriendo armar la asociación de Profesionales de Vestuario del Paraguay (PVP), que engloba, además, a los asistentes y ayudantes ya sea de vestuario de películas, de televisión o de teatro. Michael Kaplan, que era el diseñador de vestuario del equipo de Miami Vice y está en el Sindicato de Vestuaristas de Estados Unidos, me envió un manual feroz como para ver cómo se manejan ellos. Queremos reunirnos para leer el estatuto y crear una asociación. No sé si lograremos ser un sindicato porque somos poquitos, pero sí una asociación.

    Más que nada, esto es para unificar precios, manejar un lenguaje técnico internacional, hacer una nivelación en la calidad y capacitarnos con profesionales de afuera. Por otra parte, nos juntamos con Lía González, Shirley Banks, Laura Calabrese, Aldo Calabrese y Luján Riquelme para formar un holding de vestuario. La propuesta es tener un depósito grande, llamado Almacén de Vestuario, en donde puedas encontrar lo que necesitás ­para un comercial, por ejemplo­ si no tenés presupuesto para pagar a una vestuarista. En ese caso se llamaría al Almacén y este podría solucionarte un problema.

    También, hace dos años más o menos armamos una productora pequeñita, más para cine y documentales, con mi esposo. Se llama Puatarará Films. Él dejó de lado la dirección de arte, que es a lo que se dedicaba, y se abocó a la producción ejecutiva. La productora la integra también un amigo que se llama Sebastián Peña Escobar.

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