El sexo no erótico de Vargas Llosa

  • “Hacer el amor ya no es un arte. Es un deporte sin riesgo, como correr en la cinta del gimnasio”, Mario Vargas Llosa.

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    Así, en una oración el escritor desnuda su desilusión y una teoría un poco triste que otorga una victoria a lo práctico sobre lo onírico, una teoría que afirma que lo carnal perdió el misterio, la sutileza y hasta el amor.

    Su hipótesis sugiere que la muy acariciada conquista de ciertas libertades sexuales, la permisividad y la indulgencia hacia ciertas fantasías de antaño trajeron consigo (irónicamente) un retorno a la antigua costumbre de satisfacer un instinto de manera casi animal, vulgarizando y banalizando un acto que hoy en día carece de elegancia.

    Consecuencia de tan nefasta pérdida se sufre en el arte, las letras y, sobre todo, la Pintura, en donde el arte erótico, dice él,  se volvió como el paisajismo, el retrato de caballete, las marinas o las odas patrióticas. “Al desaparecer la prohibición desapareció también la transgresión”.

    Mucho anduve dando vueltas sobre las palabras de Vargas Llosa, en lo que fuera un recorrido por demás placentero por las líneas de su Literatura y la verdad es que aun siendo una hija de la modernidad y producto de muchos de sus vicios, no pude evitar estar de acuerdo con sus escritos.

    La exposición constante y vapuleante al estímulo sexual hace del erotismo un mito o un viejo cuento de lo que hacían los antiguos amantes.

    La naturaleza le ganó a los sueños y el atropello a la imaginación. Lo veo en las conversaciones con amigos, que hablan del sexo como un trámite o como una necesidad creada y saciada de manera operativa.

    Lo veo en mi misma y el miedo a la intimidad, luego de haber conocido y perdido lo que creía iba a durar un poco más.

    Lo veo en la brutalidad del paso del tiempo y sus embates a la dedicación volcada a la creatividad en pareja.

    Lo veo en nuestro estilo de vida y el poco espacio que queda para la exploración, el descubrimiento, y la valoración del tacto sensible y suave como hoja de ruta. Lo veo en muchas personas y su necesidad casi patológica de inmediatez, en su miedo al intento de ir más allá de lo conocido.

    Dicen que como nunca estamos conectados y, sin embargo, como nunca nos sentimos tan solos.

    Se rompieron con varios tabúes y heredamos las libertades por los que muchos antes de nosotros lucharon y en la libertad nos volvemos seres de instinto que van saciando una necesidad, como sacian la sed con un vaso de agua.

    En este sentido es fascinante el seminuevo fenómeno de permisividad del mundo occidental que queda demostrado en el éxito global que es 50 Shades of Grey.

    Unos 20 años atrás sería imposible que tantas mujeres admitieran abiertamente haber leído o estar leyendo la novela soft-porn de Erika Leonard.

    Sin embargo, hoy no sólo lo cuentan a viva voz y un poco de jadeo, sino que se devoran las páginas con sentimientos que van de igual a igual entre la frustración de sus realidades y complejos y la excitación del imaginario.

    Hoy en día un fracaso en términos de logros literarios, es un éxito en términos monetarios y parecer ser, decepcionantemente, lo único capaz de devolverle a millones de personas una parte de la fantasía que se perdió o, que simplemente, nunca se plasmó.

    Como dijo Vargas Llosa, el erotismo ya no es un arte, es una rutina necesaria como ir al gimnasio. Y entre ir al gimnasio o cultivar un arte… me quedo con el arte.

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