De nosotros depende

  • El domingo no vayamos solo a votar, vayamos a elegir.

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    Muchas veces me han tildado de ingenua y de naíf, de no entender por dónde pasa la política. Creo que por eso mismo, más allá de alguna que otra propuesta que me han hecho, de incursionar en un espacio político partidario, he optado por quedarme en esta actividad,  la que llevo adelante hace más de 30 años, que ha tenido sus momentos altos y bajos,  pero que me ha  permitido siempre conciliar el sueño, permaneciendo fiel a mí misma, sin caretas, dueña de mis palabras y de mis actos.

    Tampoco hubiera podido ser abogada, no me imagino defendiendo a alguien, buscando que le atenuen la pena, sabiendo de su culpabilidad.

    No, definitivamente no quiero tener que tragarme sapos y culebras, no quiero cargar con pesadas cruces que no sean las mías.

    La política en las últimas décadas -salvo honrosas excepciones- nos ha marcado una ruta de incoherencias, bestialidades y  mediocridad con las que definitivamente no quiero relacionarme. He tenido que luchar contra mis propios fantasmas y limitaciones para tener que conformarme con propuestas que no son para nada aspiracionales y que por el contrario pretenden igualarnos hacia abajo.

    En nombre de la política se ha bastardeado lo que hombres y mujeres a lo largo de nuestra historia, nos dejaron como un importante legado. Y de tanto en tanto, en los discursos de los más “destacados políticos” de la actualidad, aparecen estos ejemplos de hombres ilustres,  que entre paréntesis, si hoy vivieran no juntarían muchos votos. Es que de hecho, no saldrían a comprarlos.

    Sí, son esos estadistas que han reunido los requisitos para ejercer el poder y los han mantenido una vez en funciones, demostrando equilibrio, sensatez,  destacada honradez,  comprobada probidad, virtudes necesarias para ejercer la función pública, así como un alto liderazgo ético y moral.

    Muy por el contrario, en las últimas décadas, nos hemos tenido que conformar con presidentes, que salvo algunos momentos de lucidez y equilibrio, permanecen en nuestras memorias, con recuerdos torpes, dubitativos  y desilusionantes. Hombres con conductas soberbias y ciegas que no les han permitido deponer sus intereses personales, para buscar sin respiro y sin pausas el bienestar de la gente. Individuos sin capacidad  de liderazgo, sumergidos en sus apetitos insaciables, incapaces de administrar los mezquinos  vaivenes del poder.

    Llevados por la angurria, la avaricia y la vanidad, se convirtieron  en sus peores enemigos, frustrando nuestros anhelos.

    Y mientras tanto se suceden esas orgías, en todos los ámbitos  del poder,  festines desproporcionados, ostentosos, amenazantes, con despilfarros que no tienen fin; hay un país que está esperando, más allá de los numeritos, (muy importantes por cierto) un salto cualitativo en la gestión, en la ejecución del gasto público y en la recuperación de los valores que nos permitan avanzar con igualdad de oportunidades para todos/as. Poder volver a mirarnos a la cara, sin reproches, sin vergüenza.

    El  menú electoral que tenemos hoy, es un reflejo de una sociedad que no se despega, o lo hace todavía muy lentamente, de los mismos vicios y bajezas que condena.

    El domingo no vayamos solo a votar, vayamos a elegir y no nos conformemos con esa democracia electoral, seamos contralores de la gestión de las autoridades que resulten electas, las hayamos elegido o no.

    Es que en la medida que construyamos ciudadanía, y  no nos quedemos de brazos cruzados, siendo meros espectadores y esperando que algún día  llueva de pronto la buena suerte, los vientos comenzarán a  cambiar, y esos impresentables con sus desprolijidades e inconductas, ya no tendrán cabida. De nosotros depende.

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