Liv Tyler, la belleza que triunfó con los anillos

  • Bertolucci la descubrió cuando era una adolescente y ‘El señor de los anillos’ la convirtió en una estrella. Ahora, debuta en una serie De HBO, ‘The Leftovers’.

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    Hace unos meses, Liv Tyler sopesaba dejar su profesión de actriz. «Pensaba en mudarme al campo, abrir una tienda, escribir libros, componer música, tener un millón de bebés y recoger animales», explicó al diario londinense The Observer. Sin embargo, un nuevo trabajo le ha hecho posponer tan ambiciosos planes: Tyler es una de las protagonistas de The leftovers, la última serie de moda. Creada por el guionista de Perdidos y emitida en España por Canal+, The leftovers está ambientada tres años después de que 140 millones de personas desaparezcan inexplicablemente de la faz de la Tierra… Es la historia de aquellos que se quedaron, entre los que se cuenta Meg, el personaje que interpreta Tyler, menciona La Vanguardia.

    The leftovers supone el debut en una serie televisiva de una actriz de cine cuya carrera abarca ya dos décadas. A sus 37 años, Tyler ha participado en éxitos como la trilogía de El señor de los anillos, Armaggedon y El increíble Hulk; además de películas alternativas, comedias (Cookie’s fortune, La madre de él) y filmes de terror como Los extraños.

    Tyler fue una niña inquieta, diagnosticada de TDAH (el trastorno de déficit de atención) y criada en un hogar inusual. Su madre, Bebe Buell, era cantante, exmodelo de Playboy y una popular groupie entre las estrellas de rock masculinas del momento. Liv nació en Nueva York en 1977 pero se crió en Maine, convencida de que su padre era el músico Todd Rundgren. Sin embargo, Bebe Buell era muy amiga de otro músico, el líder de Aerosmith, Steven Tyler, quien las visitaba con frecuencia. Liv jugaba con Mia, la hija del músico, y un día, con diez años, se dio cuenta de lo parecidas que eran: como si fueran hermanas, casi. Empezó a sospechar, preguntó a su madre y esta le dijo la verdad: era hija de Steven Tyler, no de Todd Rundgren.

    La situación podría haber derivado en un culebrón pero Liv, demostrando una sorprendente madurez, no se tomó mal aquella revelación. Adoptó el apellido de su padre biológico, llamó a uno Papá 1 y al otro, Papá 2 y, como dijo en The Guardian: «Me amoldé. Uno se acostumbra a estas cosas cuando es joven». De hecho, está un poco harta de recordar este episodio de su vida, que considera más que superado. Le interesa más hablar de su «excelente» relación con Steven Tyler, hoy un abuelo cariñoso con el que comparte secretos de belleza: «Mi padre sabe todo de las mejores cremas», explica.

    No consta que Tyler acabara la escuela ni que haya estudiado actuación. A los 14 años, con 1,78 de estatura, melena azabache, rasgos casi perfectos y una piel tan luminosa que, como la describe una periodista, «parece que tenga una linterna enfocándola constantemente», decidió probar como modelo. Ella y su madre se mudaron a Nueva York, donde pronto empezó a trabajar en moda y publicidad. Pronto, también, se aburrió de aquel mundo, que no la llenaba. Así que decidió probar suerte como actriz. La tuvo: con 16 años rodó en un par de largometrajes (Silent fall y Heavy) y participó en un vídeo de Aerosmith. Pero fue en 1996, a los 19 años, cuando le llegó su gran oportunidad con Belleza robada, de Bernardo Bertolucci. La película, ambientada en una villa de la Toscana y con Jeremy Irons en el reparto, explicaba la historia de Lucy Harmon, una guapa adolescente que llega a Italia a pasar el verano con dos propósitos: perder su virginidad y saber quién es su padre biológico.

    Bertolucci le escribió un papel a medida, inspirado en gran parte en su biografía, pero ella pasó la prueba con nota. Aunque la película recibió reseñas templadas, la actuación de Tyler y su frescura ante la cámara fueron alabadas. También, obviamente, su belleza que, en parte, no ha dejado que destacara como una gran actriz a lo largo de estos años. Tyler es tan guapa, tan fotogénica y tiene una voz tan elegante que, señalan algunos críticos, no hace falta pedirle mucho más.

    Su porte también eclipsó a su personaje de Arwen, la princesa elfa de El señor de los anillos. La trilogía se empezó a rodar cuando tenía 21 años y el rodaje duró casi cuatro, así que considera aquella experiencia como «una parte enorme de mi vida». La película la convirtió en una estrella y marcó el inicio de una relación ambivalente con la fama. Recuerda con horror el acoso de los paparazzi en Los Ángeles: «Hombres espeluznantes, siguiéndonos a mi y a mi hijo por todas partes o esperándonos en la puerta de la casa». En Nueva York, donde reside en la actualidad, se encuentra más cómoda. Sin embargo, aún tiende a parar de trabajar y desaparecer durante largas temporadas. Sus contratos publicitarios con firmas como Givenchy le permiten vivir tranquila. Además, puntualiza, no lleva una vida lujosa: «No tengo chóferes esperándome ni gente haciéndome todo. Esencialmente, llevo la existencia de una persona normal. No es bueno tener una vida sin responsabilidades».

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