El cerro perdido

  • A solo cinco minutos del centro asunceno se encuentra un lugar poco conocido para los capitalinos. Lo que alguna vez fue el cerro Tacumbú es hoy una laguna en la que incluso hay peces. Los vecinos planean convertir el sitio en un parque.

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    Por Carlos Darío Torres

    Cerro Tacumbú. Su nombre evoca a presos políticos picando piedras, marchando en fila antes y después de la tarea, custodiados por soldados armados, una escena común entre las décadas del 50 y 70 del siglo 20 y marca indeleble de la dictadura stronista.

    El trabajo de los picapedreros, los forzados y los contratados, le arrebató al cerro Tacumbú el basalto que se utilizaría para empedrar calles de la capital y de localidades que hoy conforman el conurbano asunceno. La extracción mutiló el lugar y el cerro dejó de serlo para convertirse en una cantera abandonada que actualmente guarda una laguna en el inmenso cráter producido.

    Esta laguna tiene entre 20 y 30 metros de profundidad y, a pesar del color verde de sus aguas, los lugareños aseguran que no está contaminada. Para fundamentar esta afirmación, destacan que en ella habitan tilapias, que a su vez les sirven de alimento a los mbiguás que sobrevuelan el estanque.

    El agua que llena el cráter proviene del subsuelo y empezó a acumularse a finales de los años 70, cuando cesó la explotación de la cantera y los militares del RI 14 dejaron de desagotar el lugar con la bomba a motor que poseían.

    El paisaje, agreste, no es el que uno esperaría encontrar a cinco minutos de una populosa capital, pero ahí está, y para corroborar que es un rincón de Asunción ─aunque poco conocido─, basta con observar lo que hay bordeando las laderas externas e internas de la elevación y el cráter.

    Piedra fundamental 

    Lo que queda del cerro está ocupado por viviendas que fueron construidas por gente proveniente del barrio Tacumbú, a las que se sumaron otras personas originarias de lugares más alejados de la capital, atraídas por la posibilidad de contar con un terreno en el que cada uno podría levantar su casa propia.

    Los que llegaron tarde ya no encontraron superficies libres y tuvieron que edificar unas viviendas más precarias en la ladera interna de la colina, alrededor de la laguna. Unas gradas muy empinadas constituyen la entrada y salida a este lugar, que es una muestra de la desigualdad que sufren muchos paraguayos.

    Hoy, este rincón de Tacumbú está poblado por personas pertenecientes a las clases media baja y baja. Sus calles estrechas, sus peñascos y su vegetación le dan al sitio un peculiar encanto, pero también esconden las miserias de los barrios marginales de la capital, afectados por la desatención del Estado, con la consecuencia de la pobreza y el flagelo del crack.

    Sara Cortessi (41) es la presidenta de la comisión vecinal asentada en el cerro. Vive en el lugar desde los cuatro años y conoce a todos los pobladores: a los antiguos y a los que llegaron después. Aunque de entrada afirma que el barrio es seguro para sus habitantes, enseguida recuerda que una pobladora fue asaltada algún tiempo atrás por personas venidas de otros puntos para comprar crack.

    «El barrio no es peligroso para la gente que vive acá, porque ya nos conocemos. Aunque la otra vez, a una señora de nombre Petrona la apretaron, pero personas que no son de acá, que vienen a comprar crack. Nos cuidamos entre todos, pero para quienes vienen de madrugada es peligroso», alerta.

    Cortessi afirma que los visitantes indeseables «vienen de todos lados» atraídos por los puntos de venta de droga, aunque aclara que de los tres focos de expendio que había hasta hace poco, hoy solo queda uno.

    «El espacio físico se presta para que la gente se esconda. Uno de los focos era de gente que fue corrida de Mariano Roque Alonso. Yo fui a hablar con la familia, y el proveedor era una persona bastante necesitada. Le hablamos, le ayudamos y le pedimos que se fuera. Ahora nos queda uno, estamos viendo la forma de que salga», explica la vecina.

    Los comunes y los raros

    La situación actual es un desafío para sus habitantes, que deben convivir con el recuerdo de lo que fue el lugar como centro de castigo. En el pasado, en el cerro Tacumbú debían picar piedras los que tenían el infortunio de caer presos, por el motivo que fuera, durante la dictadura stronista. Tal castigo no estaba contemplado en la legislación penal paraguaya, pero ese no era un obstáculo importante a la hora de imponer penalizaciones adicionales y arbitrarias.

    No solo había presos políticos sometidos a trabajos forzados en la cantera de Tacumbú, sino también presos comunes, a los que en 1960 se les unió un grupo inusual, conformado por hombres sospechados de ser homosexuales. Ellos habían sido aprehendidos en la razia desatada por la Policía contra la comunidad gay luego del asesinato de Bernardo Aranda, un joven que trabajaba en radio Comuneros.

    «De los 108 que habían sido apresados, 100 fueron obligados a trabajar en la cantera. Venían en grupos de 20, escoltados por guardias que portaban arreadores con los que golpeaban a esas personas», rememora Victoriano Silva (79), quien trabajó 27 años quebrando rocas en el cerro. Él era un poblador del barrio que, como otros, encontró allí un puesto como canterero y después se quedó a vivir en el sitio.

    Cruel y arbitrario

    Victoriano relata que aquellos infortunados, cuyo «delito» era tener (o ser sospechosos de tener) prácticas sexuales rechazadas por la sociedad, eran vestidos de blanco y castigados física y psicológicamente por sus verdugos, en forma permanente. Ellos permanecieron unos seis meses en el cerro, haciendo trabajos forzados.

    Con don Victoriano también quebraban rocas tres presos comunes sometidos a trabajos forzados. «Si la Policía te agarraba, te llevaba a la comisaría y de ahí ya te traían acá, dependiendo de la gravedad del delito», detalla.

    Los prisioneros rompían las piedras con mazo, con barreta, con dinamita, y lo extraído era llevado en carretilla a los camiones. «Venía el camión y uno tenía que cargar las piedras. Recién ahí ganabas. Después, el camión iba al pesaje», señala.

    En una época en la que prevalecía el autoritarismo, que era una de las señas de identidad de la dictadura stronista, la desprotección alcanzaba incluso a quienes no habían tenido la desgracia de ir a dar a una de las mazmorras del régimen.

    «¿Hê?», exclama don Victoriano a cada pregunta. Y hay que repetirle la consulta porque apenas oye. Es una consecuencia de haber estado expuesto a las ensordecedoras explosiones que dos veces al día debían soportar quienes trabajaban en la cantera.

    «La dinamita se usaba a las 12.00 y a las 17.00. La gente tenía que cubrirse. No teníamos ni siquiera un botiquín de primeros auxilios, mucho menos algún seguro médico. Si alguien sufría algún accidente o alguna herida, era atendido en el RI 14», cuenta.

    A los trabajadores «libres» les pagaban con vales, pero los retrasos eran comunes, llegando incluso a cuatro o cinco quincenas, más de dos meses, un tiempo largo para quienes solo contaban con esa fuente de ingreso.

    Planes de cambio

    Hoy el barrio pretende elevarse por encima de un pasado infame y de un presente inicuo. Cortessi propone una idea que tiene adeptos en la comunidad y que consiste en reconvertir el lugar y volverlo un atractivo, incluso, turístico. Para concretar el proyecto, reclama el apoyo de la Municipalidad de Asunción y del Gobierno nacional.

    El ejemplo de San Jerónimo es el modelo. E incluso en el cerro se encuentra la capilla de Nuestra Señora de la Paz, cuyo día es celebrado por los lugareños con procesiones y adornos que engalanan el lugar. «Es un lugar hermoso y sería una forma de crear fuentes de trabajo para la gente de la zona», agrega.

    La tarea reclama además la participación de la Armada, pues una de las orillas de la laguna se ha convertido en un vertedero. Para limpiar el sitio se necesita un vehículo acuático equipado con instrumentos de limpieza que, según Cortessi, podría ser prestado por la Marina, que cuenta con ese tipo de embarcación.

    Sucesivas administraciones comunales, desde la gestión de Carlos Filizzola hasta la del actual intendente Arnaldo Samaniego, han prometido reacondicionar el cerro para convertirlo en un sitio digno de ser visitado. Pero ninguna de las promesas llegó a concretarse.

    Además, se desconoce si existe algún proyecto que tenga en cuenta alguna solución de fondo para quienes se han visto obligados a establecerse en el interior del cráter, a falta de oportunidades de acceso a una vida y a una vivienda dignas.

    Tacumbú es parte de la historia paraguaya, de algunas de sus páginas más dolorosas, y hoy todavía muestra el rostro de la desigualdad. Pero sigue siendo un bello lugar y los planes de convertirlo en un parque no pueden olvidar la necesidad de encontrar una solución integral a los problemas que lo aquejan. Si no, se corre el riesgo de que el cerro siga perdido, y su gente, olvidada.

     

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