Diseño e identidad

  • En los diseños de Morena Toro se observa el cuidado estético y el trabajo artesanal. Quizás lo que no esté a simple vista (aunque cada pieza es claramente el resultado de ello) sea la investigación que guía el trabajo de Guadalupe Quiñones, su diseñadora.

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    POR JAZMÍN RUIZ DÍAZ FIGUEREDO
    FOTOS DE JAVIER VALDEZ
    PRODUCCIÓN DE BEBU DUJAK

    Guadalupe Quiñones estudió Diseño de Indumentaria y Textil en la Universidad de Buenos Aires, Argentina. Durante la facultad comenzó a explorar las ilimitadas posibilidades que iba encontrando en el ñandutí, lo que se volvería su sello distintivo.

    La marca argentina Juana de Arco, conocida por utilizar técnicas textiles de Latinoamérica, adquirió sus diseños durante varios años, pero a Guadalupe le interesaba trabajar un estilo propio. Por eso, en el 2009 regresó a Paraguay y registró Morena Toro. Así llamaban a una mujer legendaria por luchar en la Revolución del 47 contra la dictadura de Higinio Morínigo.

    El nombre que inspira la marca es, para su creadora, la declaración de un compromiso: “Ella fue una persona que rescató al país. Entonces, de alguna manera, tenemos que vestir su uniforme para luchar por lo que creemos, que en nuestro caso es la cultura. Nuestra responsabilidad, por lo menos en el caso de Morena Toro como marca, es hacer ese rescate”, enfatiza la diseñadora de 35 años.

    Es claro que su interés por la moda no solo se centra en desarrollar una marca que funcione en el mercado, cosa que está logrando como lo demuestra con el lanzamiento de una nueva línea dedicada a la alta costura, sino también en ayudar a que la industria crezca mediante la gestión. Por eso, el año pasado formó parte de la comisión directiva de la Asociación de Diseñadores de Moda del Paraguay (DIMOpy) y este año, como presidenta, acompañó su inserción en la Asociación Industrial de Confeccionistas del Paraguay (AICP). “Nosotros, como diseñadores, tenemos que ser responsables de lo que estamos mostrando”, afirma.

    Foto: Revista Ella edición julio.

    Foto: Revista Ella edición julio.

    Quizás el desafío más importante para un diseñador sea pasarse a la alta costura. ¿Qué te llevó a decidir que ya era el momento de hacerlo?
    Hubo varios factores. El detonante principal se dio gracias al MICSUR (Mercado de Industrias Culturales del Sur), del que participé con una delegación de Paraguay el año pasado, en Mar del Plata. Hubo un desfile en el que cada diseñador debía hacer una pasada de tres o cuatro prendas y yo aproveché para mostrar algo diferente: un par de vestidos hechos de ñandutí, de arriba a abajo. Estos vestidos los desarrollé en base a lo que venía haciendo, alejándome de los patrones habituales y reestructurando la forma del patrón. Los diseños tuvieron muy buena aceptación allá y, al regresar, me empezaron a solicitar vestidos. Así que pensé: “Esto tiene que funcionar”. Es otro camino, uno mucho más complejo que el de la ropa casual, pero funciona; y me parece, incluso, que es un medio en el cual puedo expresar de forma mucho más amplia el concepto que quiero transmitir, de todo lo que se puede explotar el ñandutí y los tejidos artesanales.

    ¿Qué diferencia a Morena Toro de otras marcas que trabajan el ñandutí?

    Hasta ahora, soy más reconocida por el ñandutí porque es lo primero que empecé a elaborar, pero no me quiero limitar a eso. Ahora estoy empezando a involucrarme con otras artesanías; el caraguatá, por ejemplo, es algo con lo que sueño trabajar. El concepto tras Morena Toro es revalorizar nuestra cultura y rescatar nuestra identidad desde el diseño. Ese encaje que vemos en el mantel es un artículo de lujo; como estamos acostumbrados a verlo en la mesa de la casa, olvidamos eso. Lo que buscamos a través de la marca es devolverle el lugar que se merece, volver a su origen pero buscándole la vuelta para que sea utilizable y moderno a la vez. Que no se pierda en la historia como una artesanía que hubo alguna vez y que se veía en los manteles de las casas, en las carpetas o en una cortina.

    El ñandutí te acompaña desde el comienzo de tu carrera. ¿En qué momento dijiste: “Esto es lo que me interesa trabajar”?

    Mi abuela me enseñó a tejer y desde entonces ya me fascinaba la riqueza de la textura. Cuando fui a estudiar a Buenos Aires, primero pensé en seguir la carrera de Diseño Textil, pero preferí hacer cursos para especializarme en eso y todo lo que tuviera que ver con el desarrollo de texturas, siempre trabajé con texturas. Empecé a trabajar el ñandutí desde el aplique de los manteles. Después dije: “Esto no es tan complejo, hay que buscarle la vuelta para que sea otra cosa”; así fui experimentando. Cuando me di cuenta que eso se podía hacer, entendí que las posibilidades son infinitas. Lo complicado es hacerle entender a las tejedoras que pueden hacerlo, sacarlas del molde.

    Como miembro de la AICP, ¿qué avances y desafíos ves a nivel de la industria del diseño?

    Lo que necesitamos son más capacitaciones, si bien se están generando gracias a la AICP, como es el caso del Congreso de Moda, para el que trajeron expertos del London College of Fashion el año pasado y este año. Además del congreso, presentan una serie de cursos.

    Por otro lado, faltan eventos para promocionar a los diseñadores que hay. Tenemos el Asunción Fashion Week y Asunción se viste, pero aun así, los diseñadores necesitan un espacio donde el protagonismo lo tenga la cultura y no el show, un evento en el que los que participen sean verdaderamente diseñadores. Nuestro mercado es muy chico por lo que no podemos empezar a dividirnos, es cierto. Eventos como los que cité necesitan integrar tanto a las marcas que traen ropa de afuera, que es una propuesta válida porque pueden tener muy buen gusto y traer cosas muy interesantes, a los diseñadores que están empezando y a los diseñadores profesionales, que están hace tiempo en el rubro y son más reconocidos. No se pueden separar las tres cosas porque sino no hacés un evento completo. Pero como a la vez hay una oferta mayor, surge también la necesidad de un evento destinado a cubrir ese espacio vacío.

    Eso es una novedad, ¿qué podés adelantar del evento?

    Aún no mucho porque se está confirmando, salvo que estamos encaminando esa intención para finales de octubre.

    Y en casa, ¿valoramos nuestra propia cultura?

    Hay como una cuestión de doble discurso. Por ejemplo, con el diseño nacional. La gente valora mucho, dice: “Qué hermoso, qué novedoso”, pero a la vez saben que está hecho acá y no lo quieren pagar. Pero si te ponés a pensar, eso está hecho completamente a mano por una artesana, no es algo que se puede reproducir en serie; es un artículo único, una obra de arte. Además de que a esa persona se le está pagando por su trabajo lo que corresponde.

    En la línea casual, estás desarrollando productos con ñandutí estampado. Comentanos al respecto.

    Lo empecé a desarrollar para Dócil, porque querían llevar el ñandutí a una prenda deportiva, pero lógicamente no se podía aplicar como tal. Entonces desarrollé un patrón de diseño, logramos llevarlo a serigrafía después de que costara muchísimo entenderlo, y luego lo estampamos en suplex.

    Esperé el momento para poder llevarlo a mi marca. Hice un vestido básico, levantamos ese diseño y en escala normal se llevó al tejido. Eso se llama trompe-l’oeil, una técnica que engaña al ojo. Fue el primer producto que lanzamos para la línea de ñanduti print, y ahora estoy haciendo mucho más grande la serigrafía para llevarlo a distintos tipos de productos; por ejemplo, lo apliqué a una nueva línea de merchandising para la Senatur,

    Es otra forma de valorizar el ñandutí y la artesanía (porque en un futuro puedo estampar ao po’i, encaje ju, etc.), de una forma más comercial y accesible.

    ¿Estamos en un mejor momento para la creación?

    Sí, aparte hay muchos diseñadores que están empezando a despertar su interés hacia las inmensas posibilidades de trabajar con la artesanía. Está bueno que haya más gente que trabaje con eso. Porque por ejemplo, están Cecilia Fadul, que es una de las pioneras, y está Pombero. Ellos tiraron del carro durante una parte del camino, pero hace falta seguir la evolución, ofrecerle más opciones a los nuevos consumidores, a los jóvenes, que son los que empiezan a valorar la cultura. Todavía falta mucho en la parte de la exploración. Hay un abanico de posibilidades, hay mucho por hacer, demasiado por explorar y desarrollar. Y no solo a nivel de tejidos: tenemos cerámica, madera, piedra tallada…

    ¿Cuál es el camino para hacer que esto funcione?

    Creo que cada marca que trabaje con la artesanía tiene que poder sostenerse de eso, para poder darle trabajo a los diseñadores y que no se pierda. Porque si uno sigue trabajando y elaborando cosas nuevas, la gente no se va a cansar de consumir. No se trata de una cuestión de consumo masivo, sino de consumo consciente. Y que la gente diga: “Estoy orgullosa de ponerme una camisa de ao po’i”, porque es un producto pensado, un producto rico.

    Estaría buenísimo que los diseñadores se involucren más con nuestra cultura y le saquen provecho para que no desaparezca, que no muera. El ao po’i tejido, por ejemplo, prácticamente desapareció. Quedan solo dos tejedoras, que creo que siguen vivas, en Yataity. Ellas son las únicas que tienen el telar original, esas señoras van a fallecer y el ao po’i tejido va a desaparecer con ellas. Hay un tipo de encaje que ya no se utiliza que está en el Museo del Barro, que es una cosa intermedia entre el encaje ju y el ñandutí, hoy ya no encontrás a nadie que lo haga.
    En este caso, también tiene que ver con falta de políticas para preservar el patrimonio…

    Es por eso que desde el año pasado o antepasado, estamos luchando con la gente de la Secretaría Nacional de Cultura para que se registren las artesanías. No puede ser que el tereré esté registrado en Brasil. En cualquier momento los argentinos van a registrar el ñandutí. Ellos ya están empezando a aprender a hacerlo en Buenos Aires, ya tienen cuadernos de ensayo, libros de estudio sobre cómo hacerlo, y está perfecto que se interesen. La cuestión está en que se reconozca que es paraguayo. No tienen que apropiarse de nuestra cultura.

    ¿Cuál es la responsabilidad de los diseñadores en este proceso?

    Nosotros los que estamos empezando a trabajar con la artesanía queremos preservar el patrimonio. Maricel Paniagua, de Aki, trabaja con fajas, con cestería en totora, y lo implementa en algo que la gente va a consumir: termos de tereré. De este modo le está dando trabajo a la gente pidiéndole que haga lo que sabe hacer. No les está pidiendo que se vayan a su fábrica a forrar termos, sino que hagan un producto que ellos saben hacer para que ella pueda forrar esos termos. Ese es el rescate que hay que hacer.

    RECUADRO

    La marca país

    Junto a Fernando Preda (Viuda Ramírez) e Ilse Jara, Guadalupe fue convocada para vestir con sus diseños la nueva imagen de “Sentí Paraguay”, la marca país que busca desarrollar y posicionar los valores de la industria del país.

    “En principio, se planteó utilizar nuevamente el ñandutí, pero les propuse buscar algo diferente. Como había que unir el concepto de artesanía con el de la industria y el diseño, llegamos a la conclusión de que el caraguatá representaba perfectamente estos valores”, explica Guadalupe.
    Además, comenta que investigaron en publicaciones de Ticio Escobar y Guillermo Sequera. Así llegaron a registros fotográficos del maquillaje indígena utilizado en el siglo XIX, y lo reprodujeron en el rostro de la modelo Analice Orrego. Esto lo fusionaron con las prendas ideadas por los tres diseñadores. El resultado: la imagen que representa a la industria y al diseño de Paraguay.

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