La verdad sobre los veterinarios

  • No nos especializamos estudiando para ver la rapidez con que se apaga una vida con una simple inyección que voluntariamente está siendo colocada por nuestras manos.

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    Es bien sabido que los veterinarios somos un tanto difíciles a la hora de tratar con personas. Por ello preferimos relacionarnos con los animales y muchas veces volcamos todo nuestro interés en ellos. No obstante todo esfuerzo es poco cuando tratamos con los propietarios de las mascotas ya que somos conscientes, dependerá de ellos exclusivamente, la buena vida de nuestros pacientes.
    Muchas veces sucede que escrachan en Facebook a colegas o la peculiar manera de como las personas se dirigen a nosotros, en procura de algún error que pudiéramos haber cometido con sus mascotas. Si bien creo que en otras profesiones debe ocurrir lo mismo, lo que si siento es que los propietarios nos ven muchas veces, a los veterinarios, como enemigos en vez de aliados.

    A modo ilustrativo voy a relatar como a menudo es la vida de un veterinario de pequeños animales. Probablemente este individuo desde muy chico ya sintió curiosidad por esos seres que se mueven en cuatro patas. Obviamente habrá obligado a su familia a contar con una, dos, tres, cuatro o más mascotas. Luego se relaciona como amigo, de algún veterinario y pondrá todo su empeño hasta conseguir ir a practicar a la clínica. Ya con la edad requerida ingresa a la facultad de veterinaria.

    En la facultad debe aprender rápidamente a insensibilizarse a la muerte, ya que para anatomía (Primer curso) debe estudiar con cadáveres y sacrificar animales. Cursando el tercer curso ya todo el barrio viene a consultarle sobre sus mascotas, sin remuneración (como en la clínica del amigo veterinario) ya que no posee el título que lo habilita como tal (aunque a veces con el título en la mano no cambia mucho la parte monetaria). Luego se recibe, emprende con pasión y entusiasmo la profesión.

    El veterinario tiene que ser: estilista, oftalmólogo, traumatólogo, geriatra, clínico, ginecólogo, proctólogo, gastroenterólogo, dermatólogo, odontólogo, cardiólogo y psicólogo, aparte de ser administrador, telefonista, excelente en recursos humanos, y buen vendedor.

    Hoy en día gracias a las especializaciones podemos tener un apoyo en ciertas áreas y derivar a otros colegas, a veces con cierto recelo ya que el propietario nos mira con cierta desconfianza cuando le decimos “La Dra. Pérez es mejor en esta clase de problemas” porque lo que están interpretando es “Yo no sé nada de este asunto y por ello te derivo a la Dra. Pérez”.

    La realidad es otra, aquel veterinario que deriva a algún especialista, es digno de elogio, porque está siendo lo suficientemente humilde para decir “Hay personas que saben más de ciertas cosas que yo” y sobre todo está poniendo el bienestar de su mascota sobre cualquier egocentrismo.

    Los perros y los gatos se enferman. Si enferman y cuando enferman en muchas ocasiones es nuestra culpa. “Doctora cómo Toby va a enfermar si se va todas las semanas, y no puede ser que no se haya dado cuenta que estaba decaído”. Si un perro va todas las semanas, generalmente va para baño, no siempre observamos clínicamente a todos los perros que llegan y van para baño. Es cierto que si hay algo llamativo nuestros compañeros de trabajo nos lo dicen y procedemos.

    Pero déjenme contarles algo sobre los animales. Inmediatamente al poner sus cuatro patas en el consultorio se sienten de mil maravillas. Esto ocurre porque prefieren ocultar todo malestar que pudiera derivar a pasar por algo doloroso, y las inyecciones la mayoría de las veces no son placenteras. Un perro o un gato es capaz de ocultar perfectamente una cojera al entrar a consulta. Así es, su veterinario no está distraído, ni minimiza el dolor de su animal, su mascota lo hace.

    Piensan que para nosotros un perro es un perro y un gato es un gato, y ¿no lo son? La gran mayoría de los colegas evitamos antropomorfizar a los animales ya que estudiamos a las especies por lo que son. Sabemos que aunque hablemos con tono normal nos van a entender, no es necesario levantar la voz, no es necesario alzarlo y apretujarlo para demostrar nuestro afecto y por sobre todo cuando hay una urgencia sabemos que debemos guardar la calma por sobre todas las cosas, porque todo depende de nuestro raciocinio y la mente aturdida no piensa claramente.

    Los veterinarios queremos a sus mascotas, comprendemos ese vínculo estrecho que se forma y se petrifica entre el humano y el animal. No nos reímos cuando nos dicen “es como mi hijo, solo le falta hablar” porque sabemos que en cierta manera esto es así. Sabemos que con la mirada nuestras mascotas nos dicen muchas cosas.

    El que no lloremos o que lloremos en la eutanasia no nos hace más débiles ni de corazones de piedra. La eutanasia es algo que no nos gusta realizar, todo aquel que diga que sí no está siendo sincero consigo mismo. No nos especializamos estudiando para ver la rapidez con que se apaga una vida con una simple inyección que voluntariamente está siendo colocada por nuestras manos.

    Creo que hablo por todos mis colegas cuando les digo que por cada eutanasia que realizamos queda una marca perenne en nuestra alma. Nos cuesta y mucho. Porque déjenme contarles la verdad sobre su veterinario… lo único que realmente más desea es el bienestar de su animal.

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