El corazón que nos mueve

  • Valoro pero me duele. Confieso que cuando observé la iniciativa ciudadana de movilizarse para conseguir un corazón artificial para el Paraguay, me llené de emoción ante la solidaridad de este querido país en el que vivo desde hace 31 años y en el que decidí tener un hijo. Pero a la vez, me llené de preguntas, de como un dinero que para muchos es inalcanzable, para otros es prácticamente un vuelto y son justamente ellos los que permanecen absolutamente ciegos y sordos ante una necesidad tan agobiante.

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    El corazón artificial va a permitir a todas aquellas personas que necesitan ser trasplantadas permanecer vivas hasta tanto llegue un donante, tarea nada fácil en nuestro país. Hoy por hoy es Anita nuestro principal objetivo, la bella princesa de ojos claros que por momentos decae pero definitivamente se convirtió en un símbolo de lucha y fortaleza a su corta edad. Es la diferencia entre la vida y la muerte. Entre el «lo logramos» o la frustración.

    Para el gobierno sería mucho más fácil adquirirlo. Son 300 mil dólares, que es solo una parte de los gastos reservados de alguna institución, es solo una parte del presupuesto de algún ministerio, es solo lo que utilizan los legisladores en viáticos. Pero no, a ellos no les conmovió ni mucho menos les movió a la acción. Están muy preocupados en ser reelectos en sus respectivos cargos y hacen oídos sordos como si fuera que ellos están seguros de que la vida jamás les pondrá en la encrucijada de necesitar un corazón artificial para vivir unas semanas más.

    Ya no espero nada de ellos. Pero como sociedad, no nos podemos permitir no conseguir ese corazón artificial. Son 5.000 guaraníes que te estamos pidiendo, lo equivalente a 1 dólar, para poder dar vida. Es demasiado grande el objetivo y muy poco lo que cada uno debe poner. Demostremos la fuerza de la unión, el poder del pueblo, y sobre todo, mostremos a nuestros gobernantes que el motor que nos mueve, el amor desinteresado, está más activo que nunca.

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